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Los retos

El recién elegido Benedicto XVI tendrá que afrontar cuanto antes grandes cuestiones del siglo XXI que, hasta ahora, Juan Pablo II había mantenido cerradas.

Ordenación sacerdotal de las mujeres

Este tema encierra toda una problemática tradicionalmente explosiva para la Iglesia: la relación entre moral y sexualidad, el celibato eclesiástico, los medios anticonceptivos o el aborto. Si el próximo Papa no desbloquea esta situación, la Iglesia perderá definitivamente a la mujer. Y el cisma silencioso de la mayoría de los católicos que no sigue en este ámbito la doctrina de la jerarquía saldrá claramente a la luz pública.

La democracia en el seno de la Iglesia: desde los fieles a los obispos

Sólo la libre expresión de las opiniones episcopales impedirá al magisterio de la Iglesia encerrarse en una falsa unanimidad que, a la postre, pervierte la vida de la Iglesia.Es lo que teológicamente se conoce con el nombre de 'colegialidad'.Por ejemplo, con un Sínodo de obispos deliberativo, como preveía el Concilio Vaticano II, o con unas conferencias episcopales con mayor libertad y autonomía.

La unidad

La preocupación por la unidad debe ser la regla de oro de la enseñanza de la Iglesia. Dicha preocupación debe estar subordinada a la preocupación por la verdad, para dejar vía libre a toda la variedad de ideas sobre un gran número de cuestiones. De esta forma, los teólogos se situarán mejor en la Iglesia.

La modernidad

Las sociedades occidentales tienen que hacer frente a tremendos problemas económicos, políticos, éticos. Para hacer frente a estos peligros, tienen que elaborar nuevas éticas. Querer reconquistar moralmente la modernidad no conduce a ninguna parte. Ya no estamos a finales del siglo XIX o a comienzos del XX para refundar la cristiandad. Como dice el teólogo progresista Hans Küng, la Iglesia debería luchar por consensuar una «ética de mínimos» que pueda regular las relaciones internacionales de un mundo globalizado.

El ecumenismo

La Iglesia ortodoxa está muy presente en el Cónclave, porque ella condiciona todas las relaciones de la Iglesia con el Este europeo y con el Oriente Próximo y, por lo tanto, también con el Islam. El próximo Papa tendrá que poner coto al actual proselitismo católico, que está hipotecando las relaciones de Roma con Constantinopla y con Moscú.

Es decir, el próximo Papa tendrá que reafirmar la tradición sinodal de la barca de Pedro. La Iglesia no es una monarquía absoluta.Y aunque tampoco sea una democracia, su estructura esencial tiene más cosas en común con los modelos democráticos que con los imperiales.La comunidad local es el fundamento y la expresan mejor personas con intereses y lazos comunes que la unidad geográfica de la parroquia. La comunidad local debe ser el primer lugar de la toma de decisiones.

Por otra parte, las comunidades locales deberían reunirse en diócesis más pequeñas. Debería haber un obispo por cada 100.000 católicos. Actualmente, en el mundo hay cerca de 2.500 diócesis con más de 1.000 millones de católicos. Para llegar a la proporción ideal debería haber el triple o el cuádruplo de diócesis. Y por supuesto, los obispos deben ser elegidos por los fieles. La Iglesia necesitaría, pues, un Juan XXIV para poder seguir teniendo relevancia social en todo el planeta. Al menos, como hasta ahora.